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    Jorge Maceo Lorenzo, o el vano intento de arrancarlo del surco

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    Hay suelos como el color de la sangre. Quien ponga pie en tierra en la Empresa Agropecuaria Arnaldo Ramírez sabe de lo que escribo. En el corazón del municipio de Primero de Enero, el rojo que se impregna en las botas y la indumentaria opera como una suerte de amuleto esperanzador.

    Jorge Maceo Lorenzo, o el vano intento de arrancarlo del surco

    Cuando en otros escenarios de la provincia persiste la arritmia productiva, aquí ocurre lo contrario; como si la sangre de la vida pudiera transfundirse por la venas de los surcos poblados de los alimentos que deben lograrse en mayor cuantía en cada parcela de Ciego de Ávila.

    Pero el apogeo de las siembras no puede atribuirse al milagro exclusivo de la naturaleza. Y eso que allí el prodigio de la fertilidad y la abundancia de agua suelen “confabularse” en el día a día. Solo que a la conspiración bajo el ardiente sol o la lluvia se une el hombre, parte esencial de una terna en la que ese tercer componente resulta imprescindible.

    Un día de 1991, llegó a la empresa la avanzada de un contingente oriental que traía la encomienda de sembrar, cultivar y cosechar productos agrícolas con destino a Santiago de Cuba.

    Como uno más, entre aquellos hombres y mujeres, Jorge Maceo Lorenzo se enroló en la expedición que insufló una dinámica diferente en las comunidades, y les dibujó con el pincel del trabajo casas, escuela, consultorio, y mucho más, al punto que terminó por asentarse definitivamente en el lugar.

    Fue Maceo, de los que hizo del enclave un reino donde no basta un golpe de vista, o un día del mes, para atrapar los frutos acopiados en 33 años de duro bregar, un tiempo en el que hizo honor a su primer apellido y a la cabeza de su gente terminó por recibir sobre sus hombros los “galones” de director general de la entidad.

    Cuando algunos intentan satanizar a la empresa estatal socialista, los que saben defenderla con argumentos recurren a la obra de los colectivos obreros que tributan yuca, boniato, calabaza, maíz, plátano, papa, frijol… desde la tierra roja y pegajosa del territorio violeteño. Y entonces, aunque uno no lo pretenda, la imagen de los buenos resultados se asocia, indefectiblemente, a la de quien un día recibió el título honorífico de Hijo Ilustre de Ciego de Ávila, y otro, el Premio Por la Obra de la Vida que otorga la Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales.

    La idea del vínculo entre la masa y su líder duele en lo más hondo, en el instante en el que el sorpresivo deceso de Maceo intenta arrancarlo del surco, o sacarlo del escenario de los debates que se libran, sin cortapisas, en el afán de devolverle todo el verdor a los campos, y toda la abundancia posible a las mesas avileñas y del país, como la reciente ocasión en que compartimos un mismo escenario.

     Fue el último sábado del pasado mes en la Empresa Genética Pecuaria Turiguanó. Una mañana en la que se plantó bonito en el concurrido encuentro y dio cuenta de las acciones sistemáticas en la dura pelea por intentar acercar las cantidades de alimentos a la demanda real de los habitantes del municipio. Ese día los presentes pudieron aquilatar la pasión con la que asumía cada amanecer, y se me queda en la retina, cual confirmación viva de su entrega, la que impide cualquier vana despedida del hombre

    Jorge Maceo Lorenzo sigue aquí, entre nosotros.

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